20 de julio de 2010

SÉNECA Y LA ORATORIA

Me había referido a Aristóteles brevemente en mi anterior columna, y ahora quiero citar algunos párrafos del filósofo romano Séneca, que fue consejero de Nerón y contemporáneo de Jesucristo, de quien probablemente habrá tenido noticias. Se suicidó luego de ser condenado a muerte por el mismo emperador, en el año 68.

Entre sus obras figuran las "Cartas a Lucilio", escritas después de retirarse de la vida pública. Rescato de ellas un texto -la Carta 40- en el que se refiere a la necesidad de moderar la elocuencia y evitar la precipitación. Son líneas de cierta utilidad para el comunicador, y también placenteras en su lectura:

"Me escribes que escuchaste al filósofo Serapión cuando desembarcó en ese país: "Suele lanzar las palabras en precipitado curso; no las emite una a una, sino que las comprime y rechaza porque le vienen a la boca muchas más de las que puede pronunciar una sola voz." No apruebo esto en un filósofo, pues es menester que tenga la pronunciación mesurada, como la vida, y nada puede ser bien medido cuando sale precipitadamente de la boca. Por esto Homero atribuye la palabra presurosa, lanzada sin interrupción, como los copos de la nieve, al orador joven, y al orador anciano, empero, la palabra suave y más dulce que la miel.

"Ten, pues, por cierto que esa violencia de la palabra rápida y abundante corresponde más a los charlatanes ambulantes que al hombre que trata y enseña una materia grave y grandiosa.

"Tan poco apruebo que dejen gotear las palabras como que las precipiten: ni es menester mantener en tensión los oídos ni ensordecerlos. Un habla pobre y seca no logra sostener la tensión del auditorio, aburrido por aquella tensión entrecortada; con todo, más fácilmente penetra lo que se hace aguardar que lo que pasa volando.

(...)

"El orador, hasta cuando se ve arrastrado por el afán de brillar o por una emoción irreprimible, no debe apresurarse ni apretujar las palabras en mayor cantidad de lo que pueden recibir los oídos.

(...)

"Aunque las palabras te vinieren solas a las mientes y brotasen sin trabajo, aun entonces sería menester templarlas; pues tal como corresponde al varón sabio un caminar modesto, también le conviene una palabra concisa y poco audaz. Sea, pues, éste el postrer resumen: te recomiendo que seas tardo de palabra".

La imagen que encabeza estas líneas es una miniatura medieval que representa a Platón, Séneca y Aristóteles.

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