25 de mayo de 2010

LA COMUNICACIÓN EN LA REVOLUCIÓN DE MAYO

Mucho ha sido escrito sobre la historia de los días de 1810 en que los argentinos empezamos a constituirnos como nación, pero poco -por no decir nada- sobre el papel de la comunicación en esa época. Ya habíamos compartido en este espacio algunos apuntes sobre la comunicación británica en las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, un acontecimiento que precipitó los deseos de independencia en las costas del Plata. Veamos ahora qué pasó en 1810.

Como en todo escenario público, existía un circuito de comunicación formal y uno informal. El primero estaba muy condicionado por el férreo control que el gobierno español ejercía sobre toda publicación impresa. El Correo de Comercio, un semanario que salía los sábados y Manuel Belgrano editaba por orden del mismo virrey Cisneros, estaba limitado en sus contenidos por la figura del oidor, una persona que miraba todos los textos antes de que estos fueran impresos. Ese cargo fue desempeñado por Manuel de Velazco y constituía una censura de hecho.

La primera referencia que surge sobre prensa libre es la de Mariano Moreno, el secretario de la Primera Junta que fundó y editó la Gazeta de Buenos Ayres junto a Manuel Alberti, Manuel Belgrano y Juan José Castelli. La Gazeta fue un periódico dedicado a explicar y servir de propaganda de las ideas y acciones revolucionarias. Este diario, cuyo lema fue: "Tiempos de rara felicidad son aquellos en los cuales se puede sentir lo que se desea y es lícito decirlo", inició su publicación el 7 de junio de 1810, con las siguientes líneas:

"Una exacta noticia de los procedimientos de la Junta, una continuada comunicación pública de las medidas que acuerde para consolidar la grande obra que se ha principiado, una sincera y franca manifestación de los estorbos que se oponen al fin de su instalación y de los medios que adopta para allanarlos, son un deber en el gobierno provisorio que ejerce, y un principio para que el pueblo no resfríe en su confianza, o deba culparse a sí mismo si no auxilia con su energía y avisos a quienes nada pretenden, sino sostener con dignidad los derechos del Rey y de la Patria, que se le han confiado. El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes, y el honor de éstos se interesa en que todos conozcan la execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir los delitos".

La Gazeta de Buenos Ayres duró hasta 1821, año en que Bernardino Rivadavia decidió suprimirla por otra publicación.

Antes aún, desde 1801, había existido el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata, que sería el primer periódico porteño. Esta publicación tuvo la participación de Castelli, Cabello, Belgrano, Lavardén, Azcuénaga y el fray Cayetano Rodríguez.

Otra vía de comunicación formal estaba constituida por los bandos públicos que el virrey emitía para anunciar sus decisiones, y eran publicados en los puntos clave de la ciudad, como la Recova de la entonces Plaza Mayor. El 20 de enero de 1810, por ejemplo, se publicó un bando por el cual el virrey Cisneros concedía un indulto general a los desertores del ejército. Esa publicación era anunciada por un pregonero al son de tambores y pífanos.

Un aspecto interesante de los días de mayo de 1810 es el circuito de comunicación paralela que existía entre la comunicación formal del virrey Cisneros hacia el pueblo, en la que trataba de minimizar las malas noticias que llegaban de Europa -con un retraso de uno o dos meses, dada la velocidad de los barcos-, y la ola de rumores informales y conspiraciones que circulaba en una elite ilustrada y deseosa de forzar un cambio político. En Diario de Buenos Aires 1810, Roberto Elissalde da cuenta de esto relatando que circulaban en la ciudad "todo tipo de anónimos injuriosos, papeles sediciosos y pasquines insultantes, tanto impresos como manuscritos". A falta de noticias claras, su daño era mayor, relata el historiador.

El poder político intentaba frenar la difusión de noticias y rumores negativos sobre la precaria situación española en Europa con el establecimiento de un juez de vigilancia, que se encargaba de revisar la correspondencia y los impresos que llegaban en los barcos del viejo continente. Este funcionario monitoreaba además las reuniones más o menos públicas que pudieran ser sospechosas de conspirativas, aunque su éxito, a la luz de lo ocurrido, fue nulo.

En España, las fuerzas de Napoleón enfrentaban a las debilitadas fuerzas del rey, y en los dominios sudamericanos nadie tenía claro el devenir de los hechos, debido a la carencia de canales rápidos de difusión por un lado, como hemos dicho, al control sobre ellos y a la ineficiencia administrativa de los representantes españoles en el Virreinato del Río de la Plata, por otro. Esto provocaba que las noticias sobre lo que ocurría en Europa llegaran de forma casual y no periódica, a través de algún barco mercante o de los espías ingleses o portugueses que llegaban de otras tierras a propagar rumores que favorecieran a sus mandantes.

Además de estos canales de comunicación, existían otros informales: las reuniones sociales de los personajes más encumbrados de la sociedad porteña se daban en tertulias hogareñas en las que se hablaba, entre otras cosas, de política. La familia Escalada, que resultaría ser a la postre la familia política de San Martín, era una de las que ofrecía siempre su casa para estos convites.

Además, había cafés equivalentes a los bares actuales en los que los vecinos también comentaban las novedades. El Café de los Catalanes suele ser señalado como uno de los más frecuentados por conspiradores, al igual que el Café de Marco, en la actual esquina de Alsina y Bolívar. Otro lugar de reunión era la Fonda de Naciones, frente a la Plaza Mayor.

Existía además un activo lobby de los comerciantes británicos a favor del libre comercio. España ejercía el monopolio comercial sobre todos sus dominios y esto provocaba un circuito paralelo de contrabando. Mariano Moreno escribió en 1809 la "Representación de los Hacendados" para defender los intereses de quienes querían terminar con las restricciones comerciales, que también implicaban un impedimento a la libre circulación de las ideas. Moreno, además de periodista, supo ser lobbista, aunque esta actividad coincidiera con sus convicciones políticas sobre las virtudes del libre comercio.

Nos metemos ahora directamente en los días previos a la Revolución de Mayo. Ante la difícil coyuntura política de España, Cisneros (en la imagen de la derecha) decidió emitir un bando o proclama el 16 de mayo blanqueando la situación y buscando un consenso que nunca logró: "Es de mi obligación", decía Cisneros, "manifestaros el peligroso estado de la Metrópoli de toda la Monarquía, para que instruidos de los sucesos redobleis los estímulos más vivos de vuestra lealtad y de vuestra constancia contra los reveses de una fortuna adversa, empeñada, por decirlo así, en probar sus quilates". Continuaba: "...Sabed también que si la España ha experimentado tan sensibles desastres, aún está muy distante de abatirse al extremo de rendir su cerviz a los tiranos...".

Cisneros intentaba dar tranquilidad pero el tono de su mensaje oscilaba entre la preocupación y la esperanza. Era demasiado tarde y sabemos que la comunicación no hace magia: los conspiradores que se reunían en la jabonería administrada por Vieytes, y eran comandados por el ilustrado Mariano Moreno en el llamado Grupo de los 7 ya movilizaban acciones. Este grupo era el más radical, por el otro lado aparecía Cornelio Saavedra, que lideraba el poderoso regimiento de Patricios y, optando por una estrategia de silencio, se recluyó en una quinta en las afueras de Buenos Aires.

En estos sucesos entra en escena un detalle no menor: el virrey Cisneros accedió a convocar a un cabildo abierto en el que los vecinos decidirían sobre el destino político de Buenos Aires. Las invitaciones para esa asamblea fueron impresas en la Real Imprenta de Niños Expósitos, que en ese entonces administraba el revolucionario Agustín Donado y en la cual habían sido impresos los periódicos a los que nos hemos referido más arriba. El lector sabrá deducir que los destinatarios de las invitaciones fueron cuidadosamente seleccionados de acuerdo a un criterio desprovisto de transparencia, en una ciudad de 50.000 habitantes. Finalmente asistieron al encuentro 251 vecinos, y las vías de ingreso al recinto también eran controladas por los revolucionarios.

Otro punto muy importante para entender la Revolución de Mayo proviene también desde el punto de vista de la comunicación, y es el de su simbología. Sabido es que en la Plaza Mayor, los activistas Domingo French y Antonio Beruti repartían distintivos, pero el detalle es que su color no era el de las actuales escarapelas argentinas sino que eran totalmente blancas. Al percatarse de que una parte de los revolucionarios era más conservadora, los más jacobinos decidieron diferenciarse agregando el color rojo -representativo de la sangre- a sus emblemas. El blanco era el color de los Borbones, la dinastía reinante en España. Es decir que el ideal independentista, latente y cada vez más resonante, apareció mediante el rojo. El celeste de la bhandera recién lo haría meses después de la Revolución, de la mano de Belgrano.

El cabildo abierto del 22 y 23 de mayo tuvo como resultado la decisión de nombrar una pequeña junta provisional presidida por... Cisneros. Pese a que se había resuelto comunicar esto por un bando público "para que llegue a noticia de todos", la conciencia de que la decisión no tendría el consenso popular llevó a los cabildantes a consultar primero a los jefes de las guarniciones militares, quienes manifestaron su disconformidad con lo decidido. Sin embargo, el síndico Leyva quedó como garante de lo decidido y la junta juró el 24. Cuando esto se publicó en los muros habituales, la reacción fue arrancar los bandos de los lugares donde habían sido fijados: todo un mensaje. Los miembros de la junta elegida renunciaron de inmediato y convocaron a un nuevo cabildo para el día siguiente, en medio de una creciente agitación.

Los sucesos del 25 de mayo también tienen sus bemoles comunicacionales. Ante el silencio impuesto paredes adentro del Cabildo, quienes esperaban en la Plaza Mayor, bajo la lluvia, empezaron a gritar el famoso: "¡El pueblo quiere saber lo que se trata!" (Daniel Balmaceda afirma que fue esa la frase y no "El pueblo quiere saber de qué se trata").

Los cabildantes fueron sorprendidos entonces por manifestantes que entraron al edificio con cierta violencia y comenzaron a gritar que exigían la constitución de una junta integrada por ciertos nombres -los que después resultaron ser los elegidos-. Los cabildantes les pidieron que esa lista fuera presentada por escrito, y así ocurrió. El petitorio fue redactado en el Regimiento de Patricios -el cual era liderado por Saavedra, ulterior presidente de la Primera Junta-, y respaldado por 420 firmas.

Al ser presentado el documento ante los deliberantes, estos exigieron que se reunieran en la plaza los firmantes. La desconfianza era el filtro decodificador del diálogo entre cabildantes y revolucionarios. Cuando salieron a los balcones, la gente presente no era la esperada, y el síndico preguntaba "dónde estaba el pueblo". Entonces, según anotó el escribano Justo José Núñez en el acta de la jornada, los vecinos respondieron que "se tocaría la campana del Cabildo, y que el pueblo se congregaría en aquel lugar para satisfacción del Ayuntamiento; y que si por falta de badajo no se hacía uso de la campana, mandarían ellos tocar generala y que se abrirían los cuarteles, en cuyo caso sufriría la ciudad lo que hasta ese entonces se había procurado evitar". La amenaza surgía como factor decisivo de la negociación.

Todo estaba dicho: de inmediato fueron elegidos como vocales de la junta "los mismos individuos que han sido nombrados de palabra, en papeles sueltos y en el escrito presentado por los que han tomado la voz del pueblo". Un nuevo bando fue publicado acto seguido, antes de que sobreviniera la noche. Es decir, era necesario darle difusión a lo actuado a fin de prevenir nuevos incidentes. La opinión pública, que había empezado a tomar identidad propia en las Invasiones Inglesas, aparecía ahora con fuerza singular.

Es importante tener en cuenta que la idea de independencia que figuraba en los planes de muchos revolucionarios no fue comunicada nunca de manera oficial por la nueva Junta. De hecho, el 26 de mayo ésta expidió una orden a los regimientos ordenando jurar obediencia al rey Fernando VII.

El 29 de mayo la Junta despachó circulares a las intendencias del virreinato comunicando la conformación de un nuevo gobierno y pidiendo el envío de diputados para sumar a las provincias al sistema. Ante las numerosas resistencias halladas en el interior, el argumento de la Junta era castigar a todos aquellos que se negaran a obedecer a la Junta, y por ende al rey de España. Es decir, pese a que la idea de la independencia estaba en el aire, el gobierno porteño buscaba institucionalizarse a través de un mensaje conservador que por el contrario quitara legitimidad ante el público a sus oponentes.

Volvemos ahora a la figura de Mariano Moreno, líder de la propaganda en el nuevo escenario político. El 21 de junio de 1810, en la Gazeta, escribió un texto "sobre la libertad de escribir", en el que afirmaba: "Dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración: no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos del interés universal; no creamos que con ella se atacará jamás impunemente al mérito y la virtud, porque hablando por sí mismos en su favor, y teniendo siempre por árbitro imparcial al pueblo, se reducirán a polvo los escritos de los que indignamente osasen atacarlas a verdad como virtud, tienen en si mismos su más incontestable apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas aparecen en todo su esplendor y brillo; si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia y el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento, harán la divisa de los pueblos y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria".

La línea editorial de la Gazeta también era ambigua, y mal disimulaba sus reales intenciones. En su edición del 5 de julio, por ejemplo, criticaba al rey Carlos IV en un artículo firmado por "El Patriota Español", donde entre otras cosas decía lo siguiente: "Dominado de su mujer y arrastrado de una nimia condescendencia a sus caprichos, se entregó ciegamente a sí mismo y a todo su reino en brazos de un favorito que teniendo más cualidades de un precoz galante que de un ministro de estado apreciaba en más la desenvoltura que no el saber y la virtud".

En la vida política de Buenos Aires había tensión entre la nueva Junta y el Cabildo, que recelaba de las reales intenciones del gobierno. Esto llegaba a detalles cotidianos. Nos llamaría la atención la repercusión de esta mala relación en el uso de lo que hoy reconoceríamos como la marca: el 21 de julio, la Junta le comunicó al Cabildo que éste no podía escribirle en papel carente de membrete oficial.

El nuevo gobierno también tenía enemigos externos. Montevideo seguía siendo fiel al rey de hecho y de palabra. Para controlar su propaganda, la Junta de Buenos Aires decidió bloquear la correspondencia entre la Banda Oriental y Asunción del Paraguay, a fin de que esta última no recibiera las malas ideas que sobrevivían en la margen oriental del Plata.

Aquí podemos detenernos en otro ámbito de comunicación muy poderoso en esa época: las iglesias. La palabra de los sacerdotes tenía mucha influencia entre el pueblo. En las misas, los curas solían dar sermones con implicancias políticas desde los púlpitos. Un ejemplo de esto tenemos en el sermón de Diego de Zavaleta, quien fue convocado a pronunciar el sermón en el Tedeum celebrado para dar las gracias por la instalación de la nueva junta de gobierno. En sus palabras se observa la clara intención de despejar las justificadas dudas sobre las intenciones de la junta en cuanto a su independencia: "¡Lenguas maldicientes! Absteneos de manchar la fidelidad, honor y amor a sus reyes, que tan bien y tan a costa suya han sabido manifestar en ocasiones harto críticas los hijos, habitantes de la inmortal Buenos Aires. El mundo entero será testigo de la rectitud de sus intenciones".

Pero en esa catedral cuyo aspecto de entonces vemos en la imagen de la izquierda, Zavaleta también pronunciaba palabras algo ambiguas: "Prende en los corazones de todos el sagrado fuego del patriotismo; y dispuestos a derramar su sangre en unión de afectos y sentimientos, los pechos de los ciudadanos son el más fuerte e impenetrable muro. Reinando ellas... basta. ¡Inmortal Buenos Aires! No es preciso que busques fuera de ti las pruebas de esta verdad". Y más adelante proclamaba: "Sabe el mundo que los hijos y habitantes de Buenos Aires reunidos, saben defender sus derechos; y que no es fácil insultar impunemente a los vencedores del 12 de agosto de 806 y 5 de julio de 807". La evocación del triunfo en las Invasiones Inglesas, logrado por mérito propio y no puramente español, y la mención a la defensa de los derechos propios no parecen inocentes en medio de tanta insistencia por mantener la fidelidad al rey. Cabe resaltar que la Junta tomó su lugar en la catedral en la misma ubicación que hasta ese entonces había estado reservada al virrey.

El poder de la Iglesia sobre las ideas de la feligresía era tal que la Junta vio con preocupación cómo muchos clérigos sostenían las ideas realistas y contrarias al nuevo gobierno. Esta prédica se daba en los sermones y también al administrar el sacramento de la Confesión. El 21 de noviembre de 1810, el obispo tuvo que enviar una nota a los párrocos de su diócesis para que después de cada misa de domingo leyeran la Gazeta de Buenos Aires a los fieles, por orden del gobierno.

Tres meses más tarde, la Junta inauguraba la Biblioteca Pública de Buenos Aires, y comunicaba todo esto mediante una serie de circulares como la del 3 de diciembre, titulada: "Los derechos de los hijos del país". La vida cultural se intensificó, pero ya había registros literarios de obras compuestas en homenaje a la victoria sobre los ingleses.

El Triunfo Argentino, de Vicente López y Planes -posterior autor del Himno Nacional-, es un ejemplo de ellas. Era un poema heroico de 1.112 versos endecasílabos que exaltaba el heroísmo de los vecinos porteños aunque dejaba a salvo "la gloria de las armas españolas". El término "argentino" no refería aun a una idea de nacionalidad sino más bien de la ciudad de Buenos Aires. Esa obra fue impresa en la Imprenta de los Niños Expósitos, la misma de la cual saldrían, como ya he mencionado, las invitaciones selectivas para el cabildo abierto del 22 de mayo.

El teatro también se hizo eco de las nuevas ideas: el 27 de mayo se ofreció una función especial de carácter patriótico a la que asistieron las nuevas autoridades. En 1812 se estrenó en el Coliseo Provisional, ubicado frente a la actual iglesia de la Merced, El 25 de Mayo, una obra de Ambrosio Morante con música de Blas Parera, caracterizada por su exaltación patriótica y premiada por el Cabildo. Estaba inspirada en La Marsellesa de la Revolución Francesa que había tenido lugar 23 años antes. Esto también era todo un mensaje a favor de las nuevas ideas.

La música aportó más obras de propaganda. Esteban de Luca publicó en La Gazeta el 15 de noviembre de 1810 una obra que decía así:

Sudamericanos / mirad ya lucir / de la dulce patria / la aurora feliz.

Muchas letrillas, cuartetos y sonetos patrióticos expresaban las incipientes aspiraciones independentistas, aún no explicitadas en una comunicación oficial.

La arquitectura no tenía un gran desarrollo en la Buenos Aires colonial, pero la revolución tuvo su expresión a través de la construcción de la Pirámide de Mayo, que se inauguró el 25 de mayo de 1811 para celebrar el aniversario del cambio de gobierno. Fue obra del alarife Pedro Cañete.

En paralelo al campo del arte, la incipiente difusión de las ideas independentistas también se había ido dando subterráneamente a través de obras llegadas de Europa a manos de hombres como Moreno y Belgrano, pero estaban más reservadas a una élite, y justamente esta fue una de las preocupaciones de los próceres ilustrados: cómo lograr que las nuevas ideas se hicieran carne en el pueblo, dentro y fuera de Buenos Aires. Las expediciones enviadas al Norte para tratar de generar consenso en torno al nuevo gobierno porteño no fueron exitosas ni en Paraguay ni en el Alto Perú, pero esto ya pertenece al siguiente capítulo de la historia argentina, que se desarrolló entre 1810 y 1816.

El 25 de mayo de 1810 saltó a la luz callejera una opinión pública que se había manifestado incipientemente en las Invasiones Inglesas, y que ahora tomaba una mayor conciencia de sí misma. Estaba por verse si ese grupo ilustrado comunicaría sus ideas eficientemente al resto del territorio del virreinato, y si lograría persuadir a otros de luchar por ellas.

4 comentarios:

Maga dijo...

muy completo e interesante!!!

Anónimo dijo...

gracias

aiti dijo...

muy buena la informacion, gracias!

Anónimo dijo...

Muchas gracias!!!