7 de febrero de 2010

TOCQUEVILLE Y EL LENGUAJE

Hoy doy paso a una nueva sección de este espacio, en el cual seleccionaré uno o dos párrafos de distintos pensadores con los que me encuentro en lecturas perdidas, casuales o no tanto.

Soy un convencido, tal como escribí al estrenar el blog, de que la práctica tiene que apoyarse en una teoría sólida, ya que si se basa solamente en la experiencia y la “viveza” o el don de gentes, sus logros serán más limitados. Sobre esto me explayaré próximamente, pero por ahora dejo la palabra al primero de los autores que he elegido: Alexis de Tocqueville, quien reflexionó, sin saberlo aún, sobre las consecuencias de la globalización en el lenguaje y por ende en la comunicación:

“La igualdad trae necesariamente consigo otras muchas variaciones en el lenguaje. En los siglos aristocráticos, en que cada nación propende a permanecer separada de todas las demás y desea tener una fisonomía propia, sucede con frecuencia que muchos pueblos que tienen un origen común se hacen extraños los unos de los otros, en tales términos que, sin dejar de entenderse, no hablan, sin embargo, del mismo modo.

“En estos mismos períodos, cada nación se divide en cierto número de clases que se ven pocas veces y no se mezclan jamás. Cada una de ellas toma y conserva invariablemente hábitos intelectuales que le son del todo propios, y adopta con preferencia ciertas palabras y ciertas voces que enseguida pasan de generación en generación, como las herencias. Entonces se encuentra en el mismo idioma una lengua de pobres y una de ricos; una de plebeyos y otra de nobles; una sabia y otra vulgar; y, cuanto más profundas son las divisiones y las barreras más insalvables, tanta más razón hay para esto. Estoy seguro de que en las tribus de la India, el lenguaje varía prodigiosamente, y que se encuentra casi tanta diferencia entre el de un paria y el de la brahmán, como entre sus vestidos. Cuando, por el contrario, los hombres, cambiando de lugar, se ven y se comunican incesantemente, y las clases se destruyen, se renuevan y se confunden, todas las palabras de la lengua se mezclan; las que no sirven al mayor número desaparecen, y el resto forma una masa común donde uno toma la que le conviene”.

Esto escribió el francés Tocqueville en el capítulo XVI del segundo volumen de “La democracia en América”, una obra de 1831 en la que describió la sociología de la sociedad estadounidense, igualitaria y democrática frente a la revolucionaria pero aún aristocrática Francia de su cuna. Si adaptamos sus palabras a esta época, la conclusión es inmediata: la democratización de las costumbres y las reglas de cortesía lleva al encuentro de culturas que produce también un igualitarismo en el lenguaje. Con ello conviven los rasgos propios de cada cultura, que hay que tener en cuenta cuando nos comunicamos con ella.

El ceremonial es un área de la comunicación en la que estas diferencias se dejan ver con claridad, sobre todo en el trato con las sociedades orientales, árabes o eslavas, por nombrar algunas. El diseño de un logo aplicable en todas las sucursales internacionales de una organización transnacional también debe reparar en las particularidades de ciertos signos en cada país o región. Y así podemos recorrer distintas áreas del quehacer de las relaciones públicas para ver que en todas ellas aparecen elementos propios de cada cultura.

Para ir a un ejemplo rigurosamente casero, a un extranjero puede llamarle la atención una ronda de mate en la que todos toman del mismo recipiente, pero puede pasar por descortés si manifiesta desprecio o repulsión. La globalización no elimina distinciones propias de cada sociedad, sino que, por el contrario, les da otra dimensión dentro de una corriente general de intercambio cultural y conversación colectiva. Recomiendo la lectura de esta columna de Harris Diamond, CEO de Weber-Shandwick, sobre este tema.

Volveremos uno de estos días con otra cita de quienes pensaron y nos dejaron sus frutos, a partir de los cuales surgen nuestras propias reflexiones.

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