23 de noviembre de 2009

CADA PERSONA ES UN MUNDO

Un tema frecuente de la comunicación interna es la relación entre los jefes y sus colaboradores. El trato diario puede reforzar o socavar las mejores intenciones del área encargada de la comunicación interna para toda la organización, y ahí entran en juego condimentos emocionales que existen por fuera de los planes meditados estratégicamente. Sería ideal para una organización que todos sus jefes fueran líderes, pero sabemos que eso es muy poco frecuente, y entonces suele haber relaciones distantes o directamente nulas, en las que la confianza escasea.

El domingo pasado Clarín publicó en su suplemento iEco una nota con recomendaciones para "coexistir con un jefe que ladra". De los comentarios que hacen varios profesionales consultados, rescato el de Darío Siani, de la Universidad Maimónides: "Hay demasiadas organizaciones donde los únicos comportamientos aceptados son los vinculados a la energía positiva, la buena onda, los buenos modales y el glamour, donde todo se juega sobre la base de una visión fantaseada de la compleja realidad del ser humano. Detrás de cada malhumorado puede existir una persona muy valiosa para el grupo, tanto en lo profesional como en lo humano". Coincido: la apariencia no siempre implica una comunicación óptima, y no se puede pedir un carácter uniforme a todo el mundo.

La comunicación entre jefe y colaborador depende de las dos mitades. Aquél suele imponer ciertas reglas y tiene la ventaja que le dan la autoridad y el poder de policía (dicho en el sentido de respuestas previstas a indisciplinas e incumplimientos). Pero el colaborador también puede fijar pautas de relación entre él y su jefe, o entre él y sus pares. Todo comunica, y cada quien emite mensajes de cómo quiere que lo traten, aún inconscientemente.

Si una persona espera siempre a que le den órdenes y no toma iniciativa alguna, comunica un mensaje a su jefe. Si se subestima a sí mismo, inevitablemente comunica esto a través de sus conductas, y lo mismo ocurre en el caso contrario. Una persona con mentalidad burocrática comunica pasividad y espera ser motivado desde afuera (o en el peor de los casos, no ser molestado ni exigido más de lo que está dispuesto a dar). Un profesional con un complejo de inferioridad irresuelto compite contra todos y los observa todo el tiempo. Alguien con inseguridad emocional transmite su inestabilidad a la rutina diaria, y también a su relación con los compañeros y con su jefe. Los ejemplos pueden seguir.

Las personalidades varían según cada persona, y son complejas como la vida misma. En todo caso, la función de un líder no es solucionar los problemas existenciales de sus prójimos en el trabajo, sino escuchar primero para descifrar a quien tiene delante, con el objeto de entresacar las virtudes, las ambiciones y las limitaciones de cada cual, para lograr un buen resultado en el trabajo.

Entonces, el líder no sacará agua de las piedras ni hará milagros en la personalidad de sus colaboradores, pero obtendrá lo que se puede obtener de ellos, y esto irá en beneficio de ambos, y de toda la organización.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno, lo bueno es condición previa para lo perfecto.

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