8 de noviembre de 2007

EL E-MAIL NO SIEMPRE ES NECESARIO

En los últimos diez o quince años, el uso del e-mail se ha ido tornando excesivo. Diariamente nos llegan ofrecimientos de servicios, consultas, comentarios informales, cadenas sin sentido y otros. El spam se ha tornado un problema que ha debido ser contemplado por la ley. El e-mail es una herramienta formidable, pero cuando deja ese papel y pasa a constituir una cultura en sí misma, es un fin en sí mismo que más que facilitar la comunicación, la entorpece.

La BBC informaba recientemente que más de la tercera parte de un grupo de trabajadores encuestados decían sentirse estresados por la catarata de e-mails que reciben a diario. Además, el artículo señalaba que estos empleados chequeaban su casilla hasta 40 veces por hora, lo cual, obviamente, les restaba productividad y acentuaba su cansancio. Algunas compañías han implementado un día de la semana en que no se usa el e-mail.

En la Universidad de Illinois, probaron a difundir una comunicación por fuera del circuito del e-mail, que ningún estudiante usaba cuando veía que provenía de la universidad. Escribieron la información con tiza en los caminitos ubicados en el parque por donde circulaba su público, y fue todo un éxito. De esto se deriva la conclusión de que la mejor tecnología no es siempre el mejor medio de comunicación. Los afiches, por ejemplo, son aún poderosos medios que tienen visibilidad y rompen con la rutina del e-mail masivo.

David Shipley y Will Schwalbe, dos periodistas que pasaron por el New York Times, redactaron una especie de manual breve para saber cuándo no usar el e-mail. En el link hallarán sus reflexiones bien detalladas, certeras algunas e irónicas otras. Schwalbe también tiene un blog sobre el tema.

La cultura del e-mail puede ser de mucha ayuda a veces, y muy perjudicial en otras ocasiones, porque va en contra de una saludable comunicación cara a cara, puede prestarse a malinterpretaciones y no es capaz de contener ciertos gestos no verbales que a veces deben estar presentes en la comunicación. En la difusión masiva, el e-mail carece de toda personalización, excepto por los aplicativos que permiten insertar en el texto el nombre del destinatario. Pero en ese caso, esa inclusión no le agrega singularidad al texto en sí. Ya nos hemos referido tangencialmente a la molestia que para muchos periodistas significa la recepción de e-mails masivos con información que no les interesa. Una llamada por el interno o una visita a la oficina nunca vienen mal, en el momento adecuado.

Como todas las herramientas, el e-mail es un medio, pero nunca un fin.

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