22 de junio de 2007

UN BANCO CENTRAL QUE EDUCA

La comunicación de los bancos centrales en todo el mundo ha tenido en los últimos 30 años una evolución digna de ser destacada. Durante la década del 80 el silencio (o a lo sumo, el laconismo) era casi la norma, ya que se suponía que una buena política monetaria implicaba la necesidad de resguardar bajo siete llaves la información que el organismo usaba para tomar sus decisiones de política. Los bancos hablaban exclusivamente a través de sus acciones, con el concepto de sorpresa como eje.

Alan Greenspan, legendario ex presidente de la FED (el banco central en los Estados Unidos) dijo en cierta ocasión: "Sé que usted cree que entiende lo que piensa que dije, pero no estoy seguro de que se dé cuenta de que lo que escuchó no es lo que quise decir". Toda una muestra de comunicación intencionalmente opaca, por oposición a transparente.

De a poco los bancos centrales empezaron a salir de ese silencio autoimpuesto. Las reuniones de política monetaria eran anunciadas y sus votaciones comunicadas y explicadas. Un nuevo concepto reemplazó al viejo paradigma: la transparencia, entendida como el proceso por el cual la información sobre las condiciones, decisiones y acciones existentes era hecha visible, accesible y comprensible para los públicos, que eran fundamentalmente el mercado, los medios de comunicación y el público en general. Esto corría en paralelo con la noción de independencia del banco central respecto del poder político y la rendición de cuentas (“accountability” en inglés) exigida ante la sociedad y el gobierno.

Con el tiempo, el problema en sí no es ya la posibilidad de generar transparencia en el sistema, sino cómo lograr que esa transparencia sea percibida por los públicos y qué límites establecer para la misma. Es decir, no estamos frente a la pregunta de “si” es necesaria la transparencia, sino de “cómo” y “cuánta” es necesaria.

El dilema se plantea porque un exceso en la información de un banco central hacia sus públicos podría conducir a efectos no deseados. Un ejemplo de ello es la posibilidad de que el banco central torne sus acciones absolutamente predecibles de manera tal que el mercado esté en condiciones de prever con seguridad cuál sería la reacción del ente monetario frente a determinada contingencia. Esto reduciría los riesgos del mercado y generaría una irregularidad en su comportamiento, ante la falta de equidad en el manejo de los datos por parte de unos y otros.

En este contexto, el Banco Central de la República Argentina ha tenido la saludable iniciativa de armar un sitio en Internet destinado a explicar a la gente común (“the man on the street”, dirían en otros lares) los temas del ámbito bancario. El Portal del Cliente Bancario, que así se llama, provee “recursos didácticos tales como un diccionario de términos financieros, contenidos educativos en línea y una serie de gráficos interactivos que muestran cómo manejarse con distintos productos bancarios”. Esto se complementa con un recientemente lanzado "Programa de Alfabetización Económica y Financiera", dirigido a toda la comunidad pero especialmente a estudiantes primarios y secundarios.

Estas acciones tienen antecedentes en otros países del mundo, tales como Estados Unidos, Reino Unido, España o la eurozona, por nombrar solo algunos. En todos ellos la finalidad es educar al soberano, parafraseando a Sarmiento, porque se espera que con más y mejor información el mercado tome decisiones más sanas que acompañen la política monetaria llevada adelante por el banco central.

El caso del BCRA, pues, es un ejemplo de una política de comunicación gubernamental que otorga al ciudadano más elementos de juicio para entender el sistema y sacar más provecho de él. Enhorabuena.

2 comentarios:

Benito Castro dijo...

Me alegra verte publicar. Espero que todo vaya bien.

Un abrazo.

Benito.

Ignacio Duelo dijo...

Gracias, Benito. Una de las cosas que más valoro de tu espacio es que cada día se encuentra algo interesante para rumiar. Lo que se dice un bloguero prolífico.