14 de agosto de 2010

MANDO, LIDERAZGO Y OPINIÓN PÚBLICA

Para seguir con la incursión del amigo lector en la lectura de los clásicos, invito ahora a leer algunos párrafos del español José Ortega y Gasset en "La rebelión de las masas", una obra de 1930. Más precisamente, tomo el capítulo XIV, titulado: "¿Quién manda en el mundo?", en el que se refiere a la opinión pública. Son reflexiones que a mi juicio ilustran perfectamente sobre los cambios de opinión que se dan en la sociedad, y de cómo el público puede ser influido por los líderes de opinión.

En este texto, además, Ortega deja en claro que la autoridad no es igual al liderazgo. El ejemplo de Napoleón en España me parece excelente. Lo dicho es aplicable, por supuesto, a la comunicación interpersonal entre un jefe y sus colaboradores en una organización.

Los dejo con el filósofo:

"Esa relación estable y normal entre hombres que se llama "mando" no descansa nunca en la fuerza, sino al revés: porque un hombre o grupo de hombres ejerce el mando, tiene a su disposición ese aparato o máquina social que se llama "fuerza". Los casos en que a primera vista parece ser la fuerza el fundamento del mando, se revelan ante una inspección ulterior como los mejores ejemplos para confirmar aquella tesis. Napoleón dirigió a España una agresión, sostuvo esta agresión durante algún tiempo; pero no mandó propiamente en España ni un solo día. Y eso que tenía la fuerza y precisamente porque tenía sólo la fuerza. Conviene distinguir entre un hecho o proceso de agresión y una situación de mando. El mando es el ejercicio normal de la autoridad. El cual se funda siempre en la opinión pública — siempre, hoy como hace diez años, entre los ingleses como entre los botocudos. Jamás ha mandado nadie en la tierra nutriendo su mando esencialmente de otra cosa que de la opinión pública.

"¿O se cree que la soberanía de la opinión pública fue un invento hecho por el abogado Dantón en 1789 o por Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII? La noción de esta soberanía habrá sido descubierta aquí o allá, en esta o la otra fecha; pero el hecho de que la opinión pública es la fuerza radical que en las sociedades humanas produce el fenómeno de mandar es cosa tan antigua y perenne como el hombre mismo. Así, en la física de Newton, la gravitación es la fuerza que produce el movimiento. Y la ley de la opinión pública es la gravitación universal de la historia política. Sin ella, ni la ciencia histórica seria posible. Por eso muy agudamente insinúa Hume que el tema de la historia consiste en demostrar cómo la soberanía de la opinión pública, lejos de ser una aspiración utópica, es lo que ha pesado siempre y a toda hora en las sociedades humanas. Pues hasta quien pretende gobernar con los jenízaros depende de la opinión de éstos y de la que tengan sobre éstos los demás habitantes.

"La verdad es que no se manda con los jenízaros. Así, Talleyrand pudo decir a Napoleón: "Con las bayonetas, sire, se puede hacer todo, menos una cosa: sentarse sobre ellas." Y mandar no es gesto de arrebatar el poder, sino tranquilo ejercicio de él. En suma, mandar es sentarse. Trono, silla curul, banco azul, poltrona ministerial, sede. Contra lo que una óptica inocente y folletinesca supone, el mandar no es tanto cuestión de puños como de posaderas. El Estado es, en definitiva, el estado de la opinión: una situación de equilibrio, de estática.

"Lo que pasa es que a veces la opinión pública no existe. Una sociedad dividida en grupos discrepantes, cuya fuerza de opinión queda recíprocamente anulada, no da lugar a que se constituya un mando. Y como a la naturaleza le horripila el vacío, ese hueco que deja la fuerza ausente de opinión pública se llena con la fuerza bruta. A lo sumo, pues, se adelanta ésta como sustituto de aquélla.

"Por eso, si se quiere expresar con toda precisión la ley de la opinión pública como ley de la gravitación histórica, conviene tener en cuenta esos casos de ausencia, y entonces se llega a una fórmula que es el conocido, venerable y verídico lugar común: no se puede mandar contra la opinión pública.

"Esto nos lleva a caer en la cuenta de que mando significa prepotencia de una opinión; por lo tanto, de un espíritu; de que mando no es, a la postre, otra cosa que poder espiritual. Los hechos históricos confirman esto escrupulosamente (...).

"Tanto vale, pues, decir: en tal fecha manda tal hombre, tal pueblo o tal grupo homogéneo de pueblos, como decir: en tal fecha predomina en el mundo tal sistema de opiniones — ideas, preferencias, aspiraciones, propósitos.

"¿Cómo ha de entenderse este predominio? La mayor parte de los hombres no tiene opinión, y es preciso que ésta le venga de fuera a presión, como entra el lubricante en las máquinas. Por eso es preciso que el espíritu — sea el que fuere — tenga poder y lo ejerza, para que la gente que no opina — y es la mayoría — opine. Sin opiniones, la convivencia humana sería el caos; menos aún: la nada histórica. Sin opiniones, la vida de los hombres carecería de arquitectura, de organicidad. Por eso, sin un poder espiritual, sin alguien que mande, y en la medida que ello falte, reina en la humanidad el caos. Y parejamente, todo desplazamiento del poder, todo cambio de imperantes, es a la vez un cambio de opiniones y, consecuentemente, nada menos que un cambio de gravitación histórica".

20 de julio de 2010

SÉNECA Y LA ORATORIA

Me había referido a Aristóteles brevemente en mi anterior columna, y ahora quiero citar algunos párrafos del filósofo romano Séneca, que fue consejero de Nerón y contemporáneo de Jesucristo, de quien probablemente habrá tenido noticias. Se suicidó luego de ser condenado a muerte por el mismo emperador, en el año 68.

Entre sus obras figuran las "Cartas a Lucilio", escritas después de retirarse de la vida pública. Rescato de ellas un texto -la Carta 40- en el que se refiere a la necesidad de moderar la elocuencia y evitar la precipitación. Son líneas de cierta utilidad para el comunicador, y también placenteras en su lectura:

"Me escribes que escuchaste al filósofo Serapión cuando desembarcó en ese país: "Suele lanzar las palabras en precipitado curso; no las emite una a una, sino que las comprime y rechaza porque le vienen a la boca muchas más de las que puede pronunciar una sola voz." No apruebo esto en un filósofo, pues es menester que tenga la pronunciación mesurada, como la vida, y nada puede ser bien medido cuando sale precipitadamente de la boca. Por esto Homero atribuye la palabra presurosa, lanzada sin interrupción, como los copos de la nieve, al orador joven, y al orador anciano, empero, la palabra suave y más dulce que la miel.

"Ten, pues, por cierto que esa violencia de la palabra rápida y abundante corresponde más a los charlatanes ambulantes que al hombre que trata y enseña una materia grave y grandiosa.

"Tan poco apruebo que dejen gotear las palabras como que las precipiten: ni es menester mantener en tensión los oídos ni ensordecerlos. Un habla pobre y seca no logra sostener la tensión del auditorio, aburrido por aquella tensión entrecortada; con todo, más fácilmente penetra lo que se hace aguardar que lo que pasa volando.

(...)

"El orador, hasta cuando se ve arrastrado por el afán de brillar o por una emoción irreprimible, no debe apresurarse ni apretujar las palabras en mayor cantidad de lo que pueden recibir los oídos.

(...)

"Aunque las palabras te vinieren solas a las mientes y brotasen sin trabajo, aun entonces sería menester templarlas; pues tal como corresponde al varón sabio un caminar modesto, también le conviene una palabra concisa y poco audaz. Sea, pues, éste el postrer resumen: te recomiendo que seas tardo de palabra".

La imagen que encabeza estas líneas es una miniatura medieval que representa a Platón, Séneca y Aristóteles.

17 de julio de 2010

ETHOS, LOGOS Y PATHOS

En estos días se debate la historia de las relaciones públicas en convenciones, documentos y medios comunitarios. Como suele suceder en cada disciplina, hay una versión más o menos consensuada en la que los apellidos se repiten: Bernays, Lee y otros. Los recursos están al alcance para el interesado.

En este blog ya nos hemos referido ocasionalmente a algunos personajes o episodios que contribuyeron al desarrollo del arte de comunicar profesionalmente. Hoy quiero escribir algo sobre quien muchos destacan como el padre de la filosofía, aunque su sabiduría trascendió ese espacio y se aplicó a otras disciplinas. Estoy hablando de Aristóteles.

Quien haya estudiado siquiera tangencialmente la historia de las ideas políticas recordará aquello del hombre como ser sociable, una cualidad que destacó Aristóteles antes de fundamentar su concepción de la vida política en la sociedad griega.

En "The Public Relations Handbook", Allison Theaker y otros recorren algunos modelos de comunicación propuestos por distintos autores, y empieza por Aristóteles, quien hablaba del ethos como la naturaleza y cualidades del emisor del mensaje, el logos como la naturaleza, estructura y contenido del mensaje, y el pathos como la naturaleza, las emociones y los pensamientos del receptor del mensaje. Aunque parezca mentira, muchas organizaciones continúan comunicando sin tener en cuenta las emociones como parte de la decodificación que el público hará de su mensaje. Algo que el Estagirita pensó 2300 años atrás.

Al leer a Aristóteles podemos encontrar, por ejemplo, la siguiente opinión: "Se puede insertar toda una serie de apropiados parlamentos perfectísimos en cuanto a las ideas y a la dicción, y con todo, no lograr producir el efecto trágico verdadero".

El amigo lector recordará que una de las obras de Aristóteles fue la Retórica. En ella sistematizaba el arte de la oratoria, pero no como una forma de ocultar verdaderas intenciones, sino como un método para comunicar nuestras ideas de la mejor manera y llegar a la verdad. Estaba presente la inquietud frente a los sofistas, hombres que según Platón -maestro de Aristóteles- manipulaban la sabiduría para sus propios fines, y cobraban por ello, algo deshonroso a los ojos de esa época. De allí se deriva el término "sofisma" como una mentira dicha con un disfraz de verdad.

Es imposible resumir en un artículo la Retórica de Aristóteles; lo mejor que se puede hacer es recomendar su lectura, que no ha perdido vigencia y puede ser de mucha ayuda para el comunicador actual.

Sirvan estas líneas como un pequeño homenaje al padre de la filosofía.

27 de junio de 2010

QUIERAS O NO, YA ESTÁS EN LAS REDES


La marea es imparable y un puñado de datos bastan: según datos de Éxito Exportador de hace un año, 1800 millones de personas en todo el mundo eran usuarios de Internet (el 26 por ciento de la población mundial). En Iberoamérica y Caribe, el 31 por ciento.

En Argentina, de 2000 a 2009 el uso de Internet creció un 700 por ciento, de dos millones y medio a veinte millones, la mitad de la población. Una nota reciente en La Nación indica que el español es el tercer idioma más usado en la Web.

Al mismo tiempo, un estudio hecho y difundido por Fleishman-Hillard y Harris Interactive afirma que el 75 por ciento de las personas confía más en las organizaciones que comunican a través de Twitter o Facebook.

Mi pregunta: ¿Qué esperamos? Es comprensible que existan ciertos temores por los riesgos de dar un lugar más visible a expresiones críticas o campañas contra nuestra organización. Pero la respuesta inmediata es: ¡Eso ya existe! Ya están hablando de nosotros, estemos o no presentes.

De nada sirve bloquear el acceso de los empleados a las redes sociales: lo harán a través de sus celulares, sus Blackberry o de sitios que eluden las barreras (como ocurría anteriormente con los chats). No solo es una medida inútil, y antipática hacia el público interno, sino que transmite desconfianza hacia los empleados, los primeros que deben tener un vínculo emocional positivo hacia la organización.

Si el amigo lector trabaja en una organización que no contempla el uso de las redes en su política de comunicación, haga la prueba: escriba el nombre de la marca u organización en los buscadores de blogs, de Twitter, Facebook, Linkedin, Flickr y otras, y verá los resultados. Ni hablar si la búsqueda se extiende a los temas de interés de esa organización.

Conclusión: ¡Están hablando de nosotros y de los temas que nos interesan, y no decimos nada! ¡Ni siquiera los escuchamos, y nos perdemos la oportunidad de recibir ideas valiosas de nuestros públicos!

Entrar con la propia marca a las redes sociales no es una opción, es algo que se cae de maduro. Eso no quiere decir que entremos sin una estrategia y sin elegir cuidadosamente dónde y con qué mensajes y objetivos queremos posicionarnos, pero el tema está ahí y hay que abordarlo. Hay públicos que queremos alcanzar y son mucho más accesibles en las redes, donde se comunican de forma mucho más espontánea y menos desconfiada que a través de otros medios.

Para muchos lectores, no hay nada demasiado novedoso en lo que escribo, pero todo suma a la hora de "evangelizar" sobre la necesidad de cambiar el paradigma comunicacional de las organizaciones rumbo a algo mucho más simétrico, comunitario y al mismo tiempo personalizado sobre las inquietudes particulares de los usuarios, que se expresan a través de las redes. Solo el hecho de dar un marco institucional a esas redes ya es un mensaje en sí mismo: "Queremos escucharte, y dialogar con vos".

Estar en las redes ya no es una opción: ya estamos en ellas, pero otros pueden estar hablando por nosotros.

30 de mayo de 2010

¿TUVIMOS EL CONTROL ALGUNA VEZ?

En estos días de tanta red social y tanta herramienta comunitaria, los comunicadores solemos afirmar que las organizaciones han perdido el control del mensaje, y que el desafío debe ser intervenir en la gran conversación para escuchar y ser escuchados. La comunicación de una vía -que en rigor de verdad no era tal, sino monólogo- es una reliquia histórica.

Ahora bien, el supuesto control que las organizaciones ejercían sobre el mensaje ¿existió alguna vez? Todos estudiamos alguna vez el viejo modelo de emisor, codificador, ruido, decodificador y receptor. En ese esquema clásico, el término "ruido" significaba una serie de interferencias que el mensaje podía sufrir a tal punto de ser susceptible de modificaciones en su contenido.

En el plano de los medios, lo que nosotros hablábamos con el periodista podía ser editado en primer lugar por éste, después por su jefe y por último por la línea política del medio. Y si el diario finalmente publicaba al menos una parte de lo que le habíamos comunicado, y esa parte contenía alguno de nuestros mensajes clave, el lector de ese medio lo decodificaría de manera estrictamente personal, influido por el medio pero no determinado. Y si este lector hablaba de la noticia en su oficina, podría hacerlo de manera crítica, irónica, peyorativa o sencillamente descalificadora. ¿Teníamos el control del mensaje?

Tal como recuerda Manuel Mora y Araujo en "El poder de la conversación" -una obra que recomiendo fervientemente- las investigaciones sugieren que entre lo que los medios dicen, informan o proponen, y lo que la gente piensa, hay una distancia enorme.

En este punto aparecen escuelas diversas sobre el poder de los medios sobre el público: la teoría de la aguja hipodérmica sostiene que los medios moldean las cabezas de las personas, y la teoría de los efectos limitados apunta a la percepción selectiva del público, que tiende a reforzar sus opiniones previas mediante la exposición a los medios, mensajes o partes de mensajes que confirman esas opiniones personales.

Mi modesta teoría es que ya antes de la irrupción de la Web 2.0 con todas sus redes y herramientas en las que la comunicación de las organizaciones afrontó filtros y desafíos novedosos, el supuesto control del mensaje ya no era tal, y las interpretaciones libres del público estaban a la orden del día, aunque en un silencio activo.

Mi bosquejo teórico es tan preliminar como injusto con quienes avanzan decididamente sobre la nueva etapa que supuso la aparición de la Web 2.0. No niego este cambio de época -del que en este espacio he escrito reiteradamente- sino que apunto a matizar el presunto control que existía en la etapa anterior. El trabajo de un comunicador era más sencillo, pero eso no quiere decir que comunicar fuera coser y cantar.

Ese público que ahora exige nuevas relaciones en la Red ya existía antes, pero no tenía a disposición la forma de hacer visibles sus propias opiniones. Por eso la comunicación era asimétrica y muchas veces se transformaba en un monólogo: eso no quería decir que nuestro oyente aceptara mansamente nuestros mensajes, y de allí venía la diferenciación entre las menciones de un mensaje en los medios y el impacto de esas menciones.

El problema actual radica en el hecho de que el público está sobreexpuesto a una cantidad de mensajes mucho mayor que antes, que compiten salvajemente con los nuestros, y lo distraen o lo hacen cambiar de opinión -o al menos suspenderla-. Y en esa competencia, muchas veces la credibilidad lo es todo. Pero ¿no era así en la época anterior?

La diferencia puede ser tomada negativa o positivamente. Los disensos, que siempre habían existido, ahora cobran una visibilidad mucho mayor, y así como eso nos genera una competencia en el significado, también nos brinda la oportunidad inmejorable de enterarnos de ello y no engañarnos más con un control que nunca existió del todo.

25 de mayo de 2010

LA COMUNICACIÓN EN LA REVOLUCIÓN DE MAYO

Mucho ha sido escrito sobre la historia de los días de 1810 en que los argentinos empezamos a constituirnos como nación, pero poco -por no decir nada- sobre el papel de la comunicación en esa época. Ya habíamos compartido en este espacio algunos apuntes sobre la comunicación británica en las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, un acontecimiento que precipitó los deseos de independencia en las costas del Plata. Veamos ahora qué pasó en 1810.

Como en todo escenario público, existía un circuito de comunicación formal y uno informal. El primero estaba muy condicionado por el férreo control que el gobierno español ejercía sobre toda publicación impresa. El Correo de Comercio, un semanario que salía los sábados y Manuel Belgrano editaba por orden del mismo virrey Cisneros, estaba limitado en sus contenidos por la figura del oidor, una persona que miraba todos los textos antes de que estos fueran impresos. Ese cargo fue desempeñado por Manuel de Velazco y constituía una censura de hecho.

La primera referencia que surge sobre prensa libre es la de Mariano Moreno, el secretario de la Primera Junta que fundó y editó la Gazeta de Buenos Ayres junto a Manuel Alberti, Manuel Belgrano y Juan José Castelli. La Gazeta fue un periódico dedicado a explicar y servir de propaganda de las ideas y acciones revolucionarias. Este diario, cuyo lema fue: "Tiempos de rara felicidad son aquellos en los cuales se puede sentir lo que se desea y es lícito decirlo", inició su publicación el 7 de junio de 1810, con las siguientes líneas:

"Una exacta noticia de los procedimientos de la Junta, una continuada comunicación pública de las medidas que acuerde para consolidar la grande obra que se ha principiado, una sincera y franca manifestación de los estorbos que se oponen al fin de su instalación y de los medios que adopta para allanarlos, son un deber en el gobierno provisorio que ejerce, y un principio para que el pueblo no resfríe en su confianza, o deba culparse a sí mismo si no auxilia con su energía y avisos a quienes nada pretenden, sino sostener con dignidad los derechos del Rey y de la Patria, que se le han confiado. El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes, y el honor de éstos se interesa en que todos conozcan la execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir los delitos".

La Gazeta de Buenos Ayres duró hasta 1821, año en que Bernardino Rivadavia decidió suprimirla por otra publicación.

Antes aún, desde 1801, había existido el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata, que sería el primer periódico porteño. Esta publicación tuvo la participación de Castelli, Cabello, Belgrano, Lavardén, Azcuénaga y el fray Cayetano Rodríguez.

Otra vía de comunicación formal estaba constituida por los bandos públicos que el virrey emitía para anunciar sus decisiones, y eran publicados en los puntos clave de la ciudad, como la Recova de la entonces Plaza Mayor. El 20 de enero de 1810, por ejemplo, se publicó un bando por el cual el virrey Cisneros concedía un indulto general a los desertores del ejército. Esa publicación era anunciada por un pregonero al son de tambores y pífanos.

Un aspecto interesante de los días de mayo de 1810 es el circuito de comunicación paralela que existía entre la comunicación formal del virrey Cisneros hacia el pueblo, en la que trataba de minimizar las malas noticias que llegaban de Europa -con un retraso de uno o dos meses, dada la velocidad de los barcos-, y la ola de rumores informales y conspiraciones que circulaba en una elite ilustrada y deseosa de forzar un cambio político. En Diario de Buenos Aires 1810, Roberto Elissalde da cuenta de esto relatando que circulaban en la ciudad "todo tipo de anónimos injuriosos, papeles sediciosos y pasquines insultantes, tanto impresos como manuscritos". A falta de noticias claras, su daño era mayor, relata el historiador.

El poder político intentaba frenar la difusión de noticias y rumores negativos sobre la precaria situación española en Europa con el establecimiento de un juez de vigilancia, que se encargaba de revisar la correspondencia y los impresos que llegaban en los barcos del viejo continente. Este funcionario monitoreaba además las reuniones más o menos públicas que pudieran ser sospechosas de conspirativas, aunque su éxito, a la luz de lo ocurrido, fue nulo.

En España, las fuerzas de Napoleón enfrentaban a las debilitadas fuerzas del rey, y en los dominios sudamericanos nadie tenía claro el devenir de los hechos, debido a la carencia de canales rápidos de difusión por un lado, como hemos dicho, al control sobre ellos y a la ineficiencia administrativa de los representantes españoles en el Virreinato del Río de la Plata, por otro. Esto provocaba que las noticias sobre lo que ocurría en Europa llegaran de forma casual y no periódica, a través de algún barco mercante o de los espías ingleses o portugueses que llegaban de otras tierras a propagar rumores que favorecieran a sus mandantes.

Además de estos canales de comunicación, existían otros informales: las reuniones sociales de los personajes más encumbrados de la sociedad porteña se daban en tertulias hogareñas en las que se hablaba, entre otras cosas, de política. La familia Escalada, que resultaría ser a la postre la familia política de San Martín, era una de las que ofrecía siempre su casa para estos convites.

Además, había cafés equivalentes a los bares actuales en los que los vecinos también comentaban las novedades. El Café de los Catalanes suele ser señalado como uno de los más frecuentados por conspiradores, al igual que el Café de Marco, en la actual esquina de Alsina y Bolívar. Otro lugar de reunión era la Fonda de Naciones, frente a la Plaza Mayor.

Existía además un activo lobby de los comerciantes británicos a favor del libre comercio. España ejercía el monopolio comercial sobre todos sus dominios y esto provocaba un circuito paralelo de contrabando. Mariano Moreno escribió en 1809 la "Representación de los Hacendados" para defender los intereses de quienes querían terminar con las restricciones comerciales, que también implicaban un impedimento a la libre circulación de las ideas. Moreno, además de periodista, supo ser lobbista, aunque esta actividad coincidiera con sus convicciones políticas sobre las virtudes del libre comercio.

Nos metemos ahora directamente en los días previos a la Revolución de Mayo. Ante la difícil coyuntura política de España, Cisneros (en la imagen de la derecha) decidió emitir un bando o proclama el 16 de mayo blanqueando la situación y buscando un consenso que nunca logró: "Es de mi obligación", decía Cisneros, "manifestaros el peligroso estado de la Metrópoli de toda la Monarquía, para que instruidos de los sucesos redobleis los estímulos más vivos de vuestra lealtad y de vuestra constancia contra los reveses de una fortuna adversa, empeñada, por decirlo así, en probar sus quilates". Continuaba: "...Sabed también que si la España ha experimentado tan sensibles desastres, aún está muy distante de abatirse al extremo de rendir su cerviz a los tiranos...".

Cisneros intentaba dar tranquilidad pero el tono de su mensaje oscilaba entre la preocupación y la esperanza. Era demasiado tarde y sabemos que la comunicación no hace magia: los conspiradores que se reunían en la jabonería administrada por Vieytes, y eran comandados por el ilustrado Mariano Moreno en el llamado Grupo de los 7 ya movilizaban acciones. Este grupo era el más radical, por el otro lado aparecía Cornelio Saavedra, que lideraba el poderoso regimiento de Patricios y, optando por una estrategia de silencio, se recluyó en una quinta en las afueras de Buenos Aires.

En estos sucesos entra en escena un detalle no menor: el virrey Cisneros accedió a convocar a un cabildo abierto en el que los vecinos decidirían sobre el destino político de Buenos Aires. Las invitaciones para esa asamblea fueron impresas en la Real Imprenta de Niños Expósitos, que en ese entonces administraba el revolucionario Agustín Donado y en la cual habían sido impresos los periódicos a los que nos hemos referido más arriba. El lector sabrá deducir que los destinatarios de las invitaciones fueron cuidadosamente seleccionados de acuerdo a un criterio desprovisto de transparencia, en una ciudad de 50.000 habitantes. Finalmente asistieron al encuentro 251 vecinos, y las vías de ingreso al recinto también eran controladas por los revolucionarios.

Otro punto muy importante para entender la Revolución de Mayo proviene también desde el punto de vista de la comunicación, y es el de su simbología. Sabido es que en la Plaza Mayor, los activistas Domingo French y Antonio Beruti repartían distintivos, pero el detalle es que su color no era el de las actuales escarapelas argentinas sino que eran totalmente blancas. Al percatarse de que una parte de los revolucionarios era más conservadora, los más jacobinos decidieron diferenciarse agregando el color rojo -representativo de la sangre- a sus emblemas. El blanco era el color de los Borbones, la dinastía reinante en España. Es decir que el ideal independentista, latente y cada vez más resonante, apareció mediante el rojo. El celeste de la bhandera recién lo haría meses después de la Revolución, de la mano de Belgrano.

El cabildo abierto del 22 y 23 de mayo tuvo como resultado la decisión de nombrar una pequeña junta provisional presidida por... Cisneros. Pese a que se había resuelto comunicar esto por un bando público "para que llegue a noticia de todos", la conciencia de que la decisión no tendría el consenso popular llevó a los cabildantes a consultar primero a los jefes de las guarniciones militares, quienes manifestaron su disconformidad con lo decidido. Sin embargo, el síndico Leyva quedó como garante de lo decidido y la junta juró el 24. Cuando esto se publicó en los muros habituales, la reacción fue arrancar los bandos de los lugares donde habían sido fijados: todo un mensaje. Los miembros de la junta elegida renunciaron de inmediato y convocaron a un nuevo cabildo para el día siguiente, en medio de una creciente agitación.

Los sucesos del 25 de mayo también tienen sus bemoles comunicacionales. Ante el silencio impuesto paredes adentro del Cabildo, quienes esperaban en la Plaza Mayor, bajo la lluvia, empezaron a gritar el famoso: "¡El pueblo quiere saber lo que se trata!" (Daniel Balmaceda afirma que fue esa la frase y no "El pueblo quiere saber de qué se trata").

Los cabildantes fueron sorprendidos entonces por manifestantes que entraron al edificio con cierta violencia y comenzaron a gritar que exigían la constitución de una junta integrada por ciertos nombres -los que después resultaron ser los elegidos-. Los cabildantes les pidieron que esa lista fuera presentada por escrito, y así ocurrió. El petitorio fue redactado en el Regimiento de Patricios -el cual era liderado por Saavedra, ulterior presidente de la Primera Junta-, y respaldado por 420 firmas.

Al ser presentado el documento ante los deliberantes, estos exigieron que se reunieran en la plaza los firmantes. La desconfianza era el filtro decodificador del diálogo entre cabildantes y revolucionarios. Cuando salieron a los balcones, la gente presente no era la esperada, y el síndico preguntaba "dónde estaba el pueblo". Entonces, según anotó el escribano Justo José Núñez en el acta de la jornada, los vecinos respondieron que "se tocaría la campana del Cabildo, y que el pueblo se congregaría en aquel lugar para satisfacción del Ayuntamiento; y que si por falta de badajo no se hacía uso de la campana, mandarían ellos tocar generala y que se abrirían los cuarteles, en cuyo caso sufriría la ciudad lo que hasta ese entonces se había procurado evitar". La amenaza surgía como factor decisivo de la negociación.

Todo estaba dicho: de inmediato fueron elegidos como vocales de la junta "los mismos individuos que han sido nombrados de palabra, en papeles sueltos y en el escrito presentado por los que han tomado la voz del pueblo". Un nuevo bando fue publicado acto seguido, antes de que sobreviniera la noche. Es decir, era necesario darle difusión a lo actuado a fin de prevenir nuevos incidentes. La opinión pública, que había empezado a tomar identidad propia en las Invasiones Inglesas, aparecía ahora con fuerza singular.

Es importante tener en cuenta que la idea de independencia que figuraba en los planes de muchos revolucionarios no fue comunicada nunca de manera oficial por la nueva Junta. De hecho, el 26 de mayo ésta expidió una orden a los regimientos ordenando jurar obediencia al rey Fernando VII.

El 29 de mayo la Junta despachó circulares a las intendencias del virreinato comunicando la conformación de un nuevo gobierno y pidiendo el envío de diputados para sumar a las provincias al sistema. Ante las numerosas resistencias halladas en el interior, el argumento de la Junta era castigar a todos aquellos que se negaran a obedecer a la Junta, y por ende al rey de España. Es decir, pese a que la idea de la independencia estaba en el aire, el gobierno porteño buscaba institucionalizarse a través de un mensaje conservador que por el contrario quitara legitimidad ante el público a sus oponentes.

Volvemos ahora a la figura de Mariano Moreno, líder de la propaganda en el nuevo escenario político. El 21 de junio de 1810, en la Gazeta, escribió un texto "sobre la libertad de escribir", en el que afirmaba: "Dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración: no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos del interés universal; no creamos que con ella se atacará jamás impunemente al mérito y la virtud, porque hablando por sí mismos en su favor, y teniendo siempre por árbitro imparcial al pueblo, se reducirán a polvo los escritos de los que indignamente osasen atacarlas a verdad como virtud, tienen en si mismos su más incontestable apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas aparecen en todo su esplendor y brillo; si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia y el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento, harán la divisa de los pueblos y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria".

La línea editorial de la Gazeta también era ambigua, y mal disimulaba sus reales intenciones. En su edición del 5 de julio, por ejemplo, criticaba al rey Carlos IV en un artículo firmado por "El Patriota Español", donde entre otras cosas decía lo siguiente: "Dominado de su mujer y arrastrado de una nimia condescendencia a sus caprichos, se entregó ciegamente a sí mismo y a todo su reino en brazos de un favorito que teniendo más cualidades de un precoz galante que de un ministro de estado apreciaba en más la desenvoltura que no el saber y la virtud".

En la vida política de Buenos Aires había tensión entre la nueva Junta y el Cabildo, que recelaba de las reales intenciones del gobierno. Esto llegaba a detalles cotidianos. Nos llamaría la atención la repercusión de esta mala relación en el uso de lo que hoy reconoceríamos como la marca: el 21 de julio, la Junta le comunicó al Cabildo que éste no podía escribirle en papel carente de membrete oficial.

El nuevo gobierno también tenía enemigos externos. Montevideo seguía siendo fiel al rey de hecho y de palabra. Para controlar su propaganda, la Junta de Buenos Aires decidió bloquear la correspondencia entre la Banda Oriental y Asunción del Paraguay, a fin de que esta última no recibiera las malas ideas que sobrevivían en la margen oriental del Plata.

Aquí podemos detenernos en otro ámbito de comunicación muy poderoso en esa época: las iglesias. La palabra de los sacerdotes tenía mucha influencia entre el pueblo. En las misas, los curas solían dar sermones con implicancias políticas desde los púlpitos. Un ejemplo de esto tenemos en el sermón de Diego de Zavaleta, quien fue convocado a pronunciar el sermón en el Tedeum celebrado para dar las gracias por la instalación de la nueva junta de gobierno. En sus palabras se observa la clara intención de despejar las justificadas dudas sobre las intenciones de la junta en cuanto a su independencia: "¡Lenguas maldicientes! Absteneos de manchar la fidelidad, honor y amor a sus reyes, que tan bien y tan a costa suya han sabido manifestar en ocasiones harto críticas los hijos, habitantes de la inmortal Buenos Aires. El mundo entero será testigo de la rectitud de sus intenciones".

Pero en esa catedral cuyo aspecto de entonces vemos en la imagen de la izquierda, Zavaleta también pronunciaba palabras algo ambiguas: "Prende en los corazones de todos el sagrado fuego del patriotismo; y dispuestos a derramar su sangre en unión de afectos y sentimientos, los pechos de los ciudadanos son el más fuerte e impenetrable muro. Reinando ellas... basta. ¡Inmortal Buenos Aires! No es preciso que busques fuera de ti las pruebas de esta verdad". Y más adelante proclamaba: "Sabe el mundo que los hijos y habitantes de Buenos Aires reunidos, saben defender sus derechos; y que no es fácil insultar impunemente a los vencedores del 12 de agosto de 806 y 5 de julio de 807". La evocación del triunfo en las Invasiones Inglesas, logrado por mérito propio y no puramente español, y la mención a la defensa de los derechos propios no parecen inocentes en medio de tanta insistencia por mantener la fidelidad al rey. Cabe resaltar que la Junta tomó su lugar en la catedral en la misma ubicación que hasta ese entonces había estado reservada al virrey.

El poder de la Iglesia sobre las ideas de la feligresía era tal que la Junta vio con preocupación cómo muchos clérigos sostenían las ideas realistas y contrarias al nuevo gobierno. Esta prédica se daba en los sermones y también al administrar el sacramento de la Confesión. El 21 de noviembre de 1810, el obispo tuvo que enviar una nota a los párrocos de su diócesis para que después de cada misa de domingo leyeran la Gazeta de Buenos Aires a los fieles, por orden del gobierno.

Tres meses más tarde, la Junta inauguraba la Biblioteca Pública de Buenos Aires, y comunicaba todo esto mediante una serie de circulares como la del 3 de diciembre, titulada: "Los derechos de los hijos del país". La vida cultural se intensificó, pero ya había registros literarios de obras compuestas en homenaje a la victoria sobre los ingleses.

El Triunfo Argentino, de Vicente López y Planes -posterior autor del Himno Nacional-, es un ejemplo de ellas. Era un poema heroico de 1.112 versos endecasílabos que exaltaba el heroísmo de los vecinos porteños aunque dejaba a salvo "la gloria de las armas españolas". El término "argentino" no refería aun a una idea de nacionalidad sino más bien de la ciudad de Buenos Aires. Esa obra fue impresa en la Imprenta de los Niños Expósitos, la misma de la cual saldrían, como ya he mencionado, las invitaciones selectivas para el cabildo abierto del 22 de mayo.

El teatro también se hizo eco de las nuevas ideas: el 27 de mayo se ofreció una función especial de carácter patriótico a la que asistieron las nuevas autoridades. En 1812 se estrenó en el Coliseo Provisional, ubicado frente a la actual iglesia de la Merced, El 25 de Mayo, una obra de Ambrosio Morante con música de Blas Parera, caracterizada por su exaltación patriótica y premiada por el Cabildo. Estaba inspirada en La Marsellesa de la Revolución Francesa que había tenido lugar 23 años antes. Esto también era todo un mensaje a favor de las nuevas ideas.

La música aportó más obras de propaganda. Esteban de Luca publicó en La Gazeta el 15 de noviembre de 1810 una obra que decía así:

Sudamericanos / mirad ya lucir / de la dulce patria / la aurora feliz.

Muchas letrillas, cuartetos y sonetos patrióticos expresaban las incipientes aspiraciones independentistas, aún no explicitadas en una comunicación oficial.

La arquitectura no tenía un gran desarrollo en la Buenos Aires colonial, pero la revolución tuvo su expresión a través de la construcción de la Pirámide de Mayo, que se inauguró el 25 de mayo de 1811 para celebrar el aniversario del cambio de gobierno. Fue obra del alarife Pedro Cañete.

En paralelo al campo del arte, la incipiente difusión de las ideas independentistas también se había ido dando subterráneamente a través de obras llegadas de Europa a manos de hombres como Moreno y Belgrano, pero estaban más reservadas a una élite, y justamente esta fue una de las preocupaciones de los próceres ilustrados: cómo lograr que las nuevas ideas se hicieran carne en el pueblo, dentro y fuera de Buenos Aires. Las expediciones enviadas al Norte para tratar de generar consenso en torno al nuevo gobierno porteño no fueron exitosas ni en Paraguay ni en el Alto Perú, pero esto ya pertenece al siguiente capítulo de la historia argentina, que se desarrolló entre 1810 y 1816.

El 25 de mayo de 1810 saltó a la luz callejera una opinión pública que se había manifestado incipientemente en las Invasiones Inglesas, y que ahora tomaba una mayor conciencia de sí misma. Estaba por verse si ese grupo ilustrado comunicaría sus ideas eficientemente al resto del territorio del virreinato, y si lograría persuadir a otros de luchar por ellas.

15 de mayo de 2010

UNA INTRODUCCIÓN A LA RSE

Para el lector que quiere explorar las raíces teóricas y prácticas de la Responsabilidad Social Empresaria, el libro que hoy comento es un buen recurso. Editado por Marcelo Paladino -un referente en la materia- y escrito por varios expertos que aportaron su saber, esta obra se funda sobre la identificación de un sentido que trascienda la primitiva filantropía y reconozca en las empresas un actor que participa en la construcción de la sociedad, tales las palabras de sus autores.

La estructura del libro tiene cuatro partes, que podríamos sintetizar en misión, acción, evaluación y proyección de la RSE. La obra, tengámoslo en cuenta, fue escrita en un contexto político diferente, hacia finales de los 90 y principios de los 2000, por lo cual su contexto también se hace notar entrelíneas. Pese al hecho de que pueda haber contenidos inevitablemente desactualizados, lo que más importa es la filosofía que impregna sus páginas e inspira a la acción.

El método de estudio de casos también es parte de la obra, y ejemplifica todo el contenido teórico que la identifica. Desde una breve historia de la RSE -o RES, como enuncia Paladino hablando de "Responsabilidad de la Empresa en la Sociedad"- hasta los últimos modelos existentes en la época de la edición del libro, recorrer esta obra es enriquecer los propios conocimientos y el basamento teórico que debe tener todo dirigente empresario que se precie.

La RSE que carece de un sólido andamiaje teórico termina siendo un maquillaje coyuntural, y el público lo percibe o lo intuye, aún sin saber bien de qué se trata.